Comunidades pastoriles, ganadería sostenible y salud del suelo: una relación que va más allá de la producción
Las sabanas y los pastizales suelen percibirse como tierras marginales o ecosistemas de escaso valor. Sin embargo, son paisajes dinámicos que albergan una gran diversidad de especies, almacenan importantes reservas de carbono, regulan el ciclo del agua y sostienen los medios de vida de millones de personas. Son mucho más que espacios destinados a la producción ganadera. […]
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Las sabanas y los pastizales suelen percibirse como tierras marginales o ecosistemas de escaso valor. Sin embargo, son paisajes dinámicos que albergan una gran diversidad de especies, almacenan importantes reservas de carbono, regulan el ciclo del agua y sostienen los medios de vida de millones de personas. Son mucho más que espacios destinados a la producción ganadera. Gran parte de los beneficios que proveen dependen de un componente que suele pasar desapercibido: la salud del suelo.

© Emilia Trueba – UICN SUR
Un suelo sano es un sistema vivo, compuesto por microorganismos, hongos, invertebrados y materia orgánica que hacen posibles procesos esenciales como el reciclaje de nutrientes, la infiltración de agua, el almacenamiento de carbono y el mantenimiento de la productividad de los pastizales. Cuando estos procesos funcionan adecuadamente, los ecosistemas son más resilientes frente a sequías, incendios y otros eventos asociados al cambio climático.
En este contexto, las comunidades pastoriles cumplen un rol fundamental. Durante generaciones, pueblos indígenas, comunidades campesinas y productores ganaderos han moldeado y sido moldeados por estos ecosistemas durante generaciones. Prácticas como el pastoreo rotacional, el manejo de la carga animal, los períodos de descanso de los potreros o la movilidad del ganado buscan mantener el equilibrio entre la producción y la capacidad de recuperación de los pastizales.
Con frecuencia, el debate sobre la ganadería se centra en sus impactos ambientales. Sin embargo, cada vez existe mayor evidencia de que estos impactos dependen, en gran medida, de la forma en que se manejan los sistemas productivos. La ganadería sostenible reconoce que el pastoreo, cuando se planifica de acuerdo con las condiciones ecológicas de cada paisaje, puede contribuir a mantener la cobertura vegetal, favorecer el reciclaje de nutrientes, reducir procesos de degradación y fortalecer la salud del suelo. En determinados contextos, estos sistemas de manejo también pueden favorecer la recuperación de funciones ecológicas, como el aumento de la biodiversidad, la restauración de la cobertura vegetal o la acumulación de carbono en el suelo. Sin embargo, estos resultados dependen de las condiciones ecológicas, del manejo implementado y del contexto local.
Este aspecto cobra especial relevancia frente a los desafíos que plantea el cambio climático. Los suelos de las sabanas y los pastizales representan uno de los mayores reservorios de carbono orgánico terrestre. Su conservación no solo contribuye a la mitigación del cambio climático, sino que también mejora la capacidad de estos ecosistemas para retener agua, sostener la productividad y responder a condiciones climáticas cada vez más variables.
Al mismo tiempo, fortalecer la salud del suelo implica reconocer el conocimiento que las comunidades pastoriles han construido a lo largo de generaciones. La experiencia acumulada sobre los ciclos de la vegetación, el comportamiento del ganado y la variabilidad climática constituye una fuente de información valiosa para complementar la investigación científica y diseñar estrategias de manejo adaptadas a las realidades locales.
Promover la ganadería sostenible no significa elegir entre producción y conservación. Significa reconocer que ambas pueden fortalecerse mutuamente cuando el manejo del territorio se basa en evidencia científica, conocimiento local y una visión de largo plazo. En una región donde las sabanas y los pastizales sustentan tanto la biodiversidad como los medios de vida de millones de personas, invertir en la salud del suelo es también invertir en la resiliencia de los ecosistemas y de las comunidades que dependen de ellos.
Finalmente, no debemos olvidar que la salud de los pastizales comienza bajo nuestros pies. Cuidar el suelo es reconocer que la conservación y la producción no son objetivos opuestos, sino procesos que pueden fortalecerse mutuamente cuando las comunidades que habitan estos paisajes cuentan con el conocimiento, las herramientas y las condiciones para gestionarlos de manera sostenible.